Autor Tema: La preciosa historia del muerto de la pistola.  (Leído 758 veces)

Huay Desconectado
« en: Julio 09, 2012, 10:08 am »

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La preciosa historia del muerto de la pistola.
« en: Julio 09, 2012, 10:08 am »
Buenaaaaaaas :) Este es mi cuento laralara a mi me gustó, es mi trabajo de narrativa y lo que resultó de un corazón roto -llora-

Bueee :'), léanlo y acepto rewiews, cascaritas de manzana y venados (?)

(sep, me agarré esto de Tameee, acúsenme >:c)

Pareja: Ninguna.
Personajes: De creación propia
Categoría: Historia original
Genero: Realista.
Clasificación: 13+
Advertencias: Disfrútenlo, si se puede. (D:)


La preciosa historia del muerto de la pistola.

Lo odio porque odiar es querer y aprender a amar. ¿Me entienden? Lo odio, no he aprendido a amar, y necesito de eso.
━ Andrés Caicedo, Infección.
   
Y casi sin pensarlo, se me vino todo lo vivido y tu voz apareció en mis recuerdos, y te escribí un cuento, como quien de rato en rato consume un cigarro, como quien se siente ebrio sin estarlo.


En la cálida mañana de abril, el muerto de la pistola tomó en sus manos una copa de vino y sonrió a su acompañante. Delicado como dama y prostituta como todos, acercó a sus labios la copa de vino y bebió un sorbo. Su acompañante de turno, una graciosa señorita, lo miraba embelesada.
Yo lo miraba en la lejanía, en una mesita leyendo el periódico, como admirando su elegancia, como quien no quiere la cosa. Él me dirigió la mirada, y en mi se clavó la espada del descontrol.
Habíamos tenido una relación sin nombre hace mucho tiempo, cuando ambos teníamos diecisiete años.

Ahora, con mis veinticinco años a cuestas, con una vida de escritor magra y triste, con empleitos pequeños y  una adicción al cigarro, aún no lo superaba.

Él, con su vida bohemia, sus amores imposibles, había hecho trizas mi amor y las flores que le había regalado y se había marchado con su primera amante.

Cada uno cava su propia tumba. En mi caso, desperté de mi muerte a tiempo, salí de tu tumba y decidí morir en otro rato, aunque yo no quería. Tú, mientras tanto, te dejaste caer de nuevo en los brazos de tu tumba y suspiraste fielmente. Pobre iluso, joder, de ahí no te saca nadie.


Me abandonó una mañana de setiembre, cuando me pidió el anillo que me regaló en un arranque de ilusión. Se lo tiré en la cara y me largué corriendo.

En esos días negros de soledad lo idealicé como mi musa, como mi gran amor imposible. Le dediqué mil poemas, mil cuentos que hablaban sobre su inteligencia, su grandilocuencia y su capacidad para
convencerme de una manera espectacular y estremecedora.

Al cabo de unos años, unos cursos jalados, sin un real que llevarme a la boca y con una tisis afectada por el cigarro, lo único que me quedaba de él eran mis hojas llenas de palabras ahora vacías y sin sentido.
Ahora solo me quedaba esa mirada que me regalaba, él, en su trajecito color cielo y sus modales finos.

Apartó la mirada y se dirigió a la señorita. Dijo un par de chistecitos, pues ella se rio. Se levantó de improviso, se despidió graciosamente de la señorita, y enrumbó hacia la puerta. Yo lo seguí con la mirada. Me sudaban las manos y la adrenalina hacía que me doliera la cabeza. Me levanté yo también y lo seguí.

No llegué a tiempo para verlo partir, como siempre.

Te encontré en un bar, triste y con sueño. Te encontré en mis sueños, con el alma rota y un cajón mortuorio de equipaje. Te encontré con temor, siempre a la defensiva, con tu típico trajecito de color cielo. Te encontré, triste y en depresión. Y me di cuenta de que tropezaría otra vez. Porque hierba mala nunca muere, así como el olvido es lento y mi mente recuerda todo lo no vivido y circunstancias similares a una luna en tu mirada.


Me encaminé hacia mi casa, en el edificio colonial medio derruido. Por fin me había conseguido un sitiecito decente, donde podía descansar la cabeza sin que un montón de cucarachas se enredaran en mis cabellos.

Pasé por el antiguo local de mi universidad. Ubicada en el centro bullicioso de la capital, siempre había sido el lugar predilecto para las tomas y las aclamaciones marxistas de jóvenes alborotados y rebeldes.
Recordé con pesar, enfundando mis manos en mi abrigo y caminando más rápido, mis días en la Milicia Revolucionaria. Me enrolé cuando recién ingresé a la universidad, con una alegría fugaz y demente de cambiar las cosas.

Allí lo conocí a él.

Relativo, fugaz, cambiante. Fue allí donde me enamoré. En luchas y arengas, en atentados. En miedos por el cambio radical de las guerrillas. En persecuciones y horribles crímenes.

En un ánimo guerrillero, te confié mi vida al murmurarte al oído mi nombre, tal y como lo había hecho mi anterior compañero muerto en batalla. Y sí, lo confieso, lo cambié al instante, pues sonaba tan dulce en tus labios que era inadmisible que alguien más lo pronunciara.


Subí las escaleras maltrechas rumbo al segundo piso, espanté a un par de gatos sarnosos, mientras las vecinas llevaban en grandes canastas las ropas que lavarían en la gran piscina que existía en el patio del edificio.

Pisé a un par de cucarachas y abrí la puerta. Mi habitación triste y húmeda con vista a la calle me recibió con los brazos abiertos.

Mi mobiliario consistía en una mesita que hacía las veces de escritorio y velador, mi cama maltrecha, una silla, unas cajas donde colocaba mi ropa,  otra mesita donde estaba una pequeña cocinilla con sus ollas.

Dejé mis cosas en la mesita. Me saqué el saco y lo tiré al piso. Tomé una de las cajas que estaba cerrada, agarré la silla y la situé frente a la ventana.

Allí, la gran ciudad en su gran esplendor me devolvía la mirada. Carros, ajetreo, niños pidiendo limosna y señoras pregonando las virtudes de algún brebaje.

Abrí la caja y escarbé su contenido. Saqué la Magnun de calíbre 36 y la examiné. En mis épocas de la milicia la había aprendido a usar con destreza, siendo una de las ágiles en el manejo de armas.
La miré con cariño, como quien acaricia a un pequeño hijo, vi que tenía un tiro y me apunté a la sien.
Dirigí una última mirada a la calle y lo vi. Con su trajecito color cielo, con su mirada soñadora, con su sonrisa vaga e interesante. Allí estaba él, con su aroma de claveles, con su París en las venas, siendo esclavo del tiempo.

Allí estaba él, mirándome. Le sonreí con alegría y dirigí la pistola hacía a él. Derramé una lágrima. Joder, eras tan bueno en la cama, pensé,  y disparé.

Y en la calle un hombre loco cantaba, mientras el rojo carmesí brotaba como flores de su cuerpo:

Un libro roto, unas uñas despintadas, un yogurt pasado y el viento en la cabeza. Cuatro hombres pelean por un navio, observo el ballet de las calaveras soñadoras mientras escucho un rarobaja suascenbir en mi jacaveza.


Saludos :D
I'm a fuckin' commie



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