Autor Tema: Nacida en Veneno  (Leído 615 veces)

Kel|Thuzad Desconectado
« en: Junio 23, 2013, 11:03 pm »

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Nacida en Veneno
« en: Junio 23, 2013, 11:03 pm »
Nacida en Veneno




Un día que no habría de olvidar jamás,  Jennifer fue llevada por su padre a que conociera el hielo.

-Tócalo – le dijo su padre creyendo que la niña se impresionaría

La niña tocó el hielo y lo sintió tan frío como su corazón.

-Y no me vas a decir que esto es invento de los gitanos o de los magos de Amsterdam porque te pego -  le dijo a su padre decididamente.

El padre sufrió un patatús y murió a los pocos días roído por el pavor.
La pequeña Jennifer no experimentó nada.

-De todas maneras se iba a morir de viejo – le dijo a su amiga Karen

Había nacido en Veneno, la aldea donde se haría famosa, cerca al río Mamba Negra, en la jurisdicción de la provincia de Cascabel. Y había nacido horrible por dentro y por fuera, en una armonía lóbrega que no podía sino causar la admiración espantada de quienes la veían por primera vez.

-Hijita, tú sí que impresionas – le dijo una vez Ime, su tutora.

Ella lo tomó como un cumplido.

En Veneno era ella quien, a la muerte de su padre, se dedicó a la farmacopea alternativa produciendo brebajes de variada naturaleza y de notables resultados.

Y sus remedios no sólo tenían que ver con las banalidades de las tripas y los secretos de la circulación sanguínea. Inventó una pócima magistral para el olvido, una fórmula humeante para curar la culpa, una sopa que ahuyentaba el perdón, un líquido púrpura que solicitaba la venganza, una avena emputecedora y hasta un pepián que asomaba a la indiferencia absoluta.

Todos la temían porque era expeditiva cuando de odiar se trataba. Y odiaba la belleza que jamás tuvo, la generosidad que a ella le parecía cobardía, la verdad que la hacía rechinar los dientes, la decencia que le paraba los pelos del horror. Era fea como un veredicto inquisidor y tenía las cejas tan juntas que el plural sobraba y la boca tan ancha que le faltaba cara para albergarla y los dientes tan disparatados que eran como un homenaje al caos y el aliento tan fuerte que no había mosca que se le acercase.

Era poderosa pero Veneno era, a fin de cuentas, un pueblito de segunda y eso le disgustaba.

Un día, sin embargo, sus más grandes y oscuros sueños se cumplirían. A su aldea llegó la noticia de que muy cerca de allí un emperador infernal, nacido en Puerilandia (una ciudad donde la inteligencia es prohibida y la idiotez rozando la puerilidad,  un dios omnipresente), había fundado una dinastía tiránica donde el mal perseguía al bien y la codicia era bendecida y el sufrimiento era obligatorio y la libertad se consideraba lepra y la calumnia una obra de arte y el prójimo un bidé.

-Dios mío, qué excitante. Si esto es así yo quiero estar allí – dijo Jennifer.

Y allí estuvo y allí presentose al emperador Davidshenko.

-Procedo de Veneno y vengo a servirlo si usted me lo permite – le dijo a quién sería el hombre de su vida.

-Te conozco – le dijo Davidshenko. – Y sabía que vendrías. Tus artes me son muy necesarias. Así fue. Encargada del Ministerio de Coartadas y Maleficios, Jennifer se hizo célebre ahogando en tinta de notario los reclamos de los desafectos, callando con un mazo a los alzados, derribando con una bocanada de su aliento a quienes se atrevieran a existir por su cuenta.

A veces, sin embargo, le sucedían cosas raras.

Un día estaba afeitándose con una lata de leche (así era de ingeniosa y ahorrativa) cuando, de pronto, el espejo le devolvió la imagen de una mujer hermosa, de una belleza en cuyos ojos brillaba curiosidad.

-Esta podrías ser tú si no fueras una bruja al servicio de Davidshenko – le dijo el espejo imitando la voz de un oráculo.

Jennifer se quedó callada.

-Tu fealdad es sobre todo interior – prosiguió el espejo-. Tiene que ver con los desaparecidos a los que tú le negaste hasta el descanso de un sepulcro.

-Maldito – respondió Jennifer recuperando su tono habitual- . No tengo nada de qué arrepentirme. Lo que tú dices lo dicen los santos y sus aliados. ¿Crees que vas a impresionarme? Sí, soy mala. ¿Crees que siendo buena tendría este poder? Hoy puedo hacer lo que me dé la gana y desprestigiar a quien se me ocurra. ¿Qué crees?

El espejo no pudo responder nada. Le devolvió esta vez su verdadera imagen y le hizo notar que una verruga nueva acababa de aparecerle en el cachete.

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