Autor Tema: Sirenya (oneshot)  (Leído 676 veces)

Nostalgie Desconectado
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Sirenya (oneshot)
« en: Marzo 05, 2015, 12:20 pm »
Había una vez un buque turístico, lujoso, caro y enorme que podía albergar a miles de personas y una gran cantidad de esas personas, no sabían que habían pagado por un destino que no era el que el crucero anunciaba, sino otro.

Un destino desconocido llamado Sirenya...

Las personas corrían de un lado para otro, buscando los botes salvavidas que los oficiales de cubierta preparaban para ser abordados y salvar a cuántos pudieran, mientras los oficiales de servicio general otorgaban salvavidas a los próximos náufragos y, en su posición de vigilia, el capitán miraba con rostro aparentemente apacible, el caos que se había generado en su barco y fue solo su abierta mirada, la que reflejó la enorme angustia que en su alma se anidaba.

El desorden imperaba, pues era uno de esos momentos donde a la mayoría se le olvidó manifestar las cualidades altruistas, sobresaliendo más bien su instinto, ese impulso innato de sobrevivir, de hacer cuanto estuviera a su alcance para ser el más fuerte, así, el preocupado capitán observó como los pasajeros se peleaban por llegar primero a los botes, empujándose, golpeándose, derribándose y pisoteándose.

¿El Titanic?

No.

El Titanic, así como muchas otras embarcaciones, tanto de pasajeros, como mercantiles y de pesca, ya habían tenido su momento de ser reclamados por el helado abismo que resultaba ser el océano, el que empleaba sus incontables toneladas de agua salada; esas fuertes y agitadas olas para golpear e introducirse por la herida del enorme crucero que ahora era requerido para alimentar las entrañas acuíferas y cuyo daño se había generado en el departamento de máquinas. Una incomprensible explosión que había sacudido inmisericorde al navío, comenzando en ese instante el pánico y agravándose a medida que la embarcación era inundada sin que nadie pudiera evitarlo.

¿Música a bordo en ese momento?

Sí, sonaban las escalofriantes notas de los gritos, lamentos, sollozos, suspiros, plegarias, pasos apresurados y clamores del mismo barco cuando parecía gemir al irse sumergiendo en las profundas aguas, rechinando su esqueleto de hierro, rompiéndose sus adornos de cristal, destellando sus corrientes eléctricas y la alarma de emergencia que acompañaba con su son.

Y entre la muchedumbre que trataba de salvarse, estaba una familia. Esmeralda, Gema y Rubí, que tenía cuatro años y que en ese instante estaba en brazos de Gema, su hermana, quien apretándola contra su pecho, corría al lado de Esmeralda, la madre, guiándose por las voces de los oficiales que gritaban: “niños y mujeres, niños y mujeres.”, pero siempre que llegaban a un bote, éste ya estaba ocupado en su máxima capacidad, o eso les decía el oficial a cargo, así que estaban yendo de un lado a otro en cubierta, desesperadas por conseguir un lugar en los navíos más pequeños, sin embargo, estos estaban agotándose y todavía había muchas personas en el barco.

Entre tanta confusión y pánico, la desesperanza brotó en los corazones de las desesperadas mujeres y Esmeralda lloró apesadumbrada mientras decía: “Vamos a morir, no hay manera de salvarnos”, pero Gema, afectada dolorosamente por el llanto de su madre, dijo convenciéndose a sí misma: “Claro que no, vamos y tomemos un lugar”, así, aunque les resultó difícil llegar hasta otro lugar de abordaje, el último ya de hecho, lo consiguieron.

Como en cada puesto, las personas se apiñaban queriendo subir todas, pero la nave salvavidas ya estaba casi al tope y algunas personas se lanzaban a ésta sin que les importara si llegaban o no, en el último caso, cayendo al agua, por lo que el oficial encargado dio la orden de que bajaran el bote, pues los compañeros que trataban de contener a las personas para que no saltaran o invadieran sin control el pequeño navío, estaban fallando en su intento, entonces el hombre al mando sintió una mano sobre su brazo y miró a la muchacha pelirroja que, cargando a una pequeña, lo miraba suplicante al momento de decirle: “Por favor, por favor, solo quiero un lugar para mi madre y hermanita.”

Finalmente el hombre se condolió de ella y asintiendo, le cedió el paso a Esmeralda, quien ya en el bote, tomó de los brazos de Gema, a Rubí y fue en ese preciso momento que el bote comenzó a bajar dejando en el barco a Gema y cuando las olas lo recibieron, de inmediato comenzó a alejarse del naufragio, entonces, sin poderse contener, Esmeralda gritó con voz quebrada: “¡Gema, hija mía!”.

Llorando, la joven miró como se alejaba ese bote que no pudo abordar. Sin duda tenía mucho miedo, pero al ver que tanto su madre como Rubí estaban fuera de ese barco que se hundía, suspiró de alivio, aunque ese alivio le duró bien poco cuando el barco terminó de zozobrar.

Ella, junto con otras decenas, fueron buscando lugar seco, luchando por la vida, pero al final no hubo a dónde ir y Gema gritó cuando la alcanzó el agua, acompañando a los demás en sus lamentaciones. Trató de recordar todo lo relacionado con los naufragios, cómo evitar ser succionada por el mismo barco que se hundía, produciendo un sonido estremecedor al abrirse las fauces del mar para tragárselo, pero su mente, aturdida por el terror, no logró recobrar el conocimiento en el tema.

Contuvo el aire mientras era sumergida y con energía, pataleó y manoteó tratando de volver a la superficie, pero una fuerza increíble pareció halarla hacia abajo, a las profundidades. Abrió desorbitadamente los ojos mirando a otros luchar contra la gran potencia que los llevaba al abismo y notó cómo escapaba el aire de sus pulmones cuando horrorizados gritaban, penetrando el agua por nariz y boca mientras las burbujas del aire escapado de sus cuerpos subía.

Gema se llevó las manos a la boca y nariz, apretando para no gritar ni respirar, pero le faltaba el aire. Su organismo estaba consumiendo el oxígeno que quedaba en sus pulmones y le pedía más, pero no había, sino que siguió hundiéndose. Abajo, la luz del sol comenzó a escasear. La presión en su cuerpo aumentó y su cabeza palpitó. Pataleó desesperada contra la fuerza aquella que no la soltaba y la frialdad que la envolvió fue insoportable. Se nubló su sentido, pero siguió luchando por volver arriba, sin embargo, sus manos dejaron de presionar y su deseo por conseguir oxígeno la hicieron por fin retomar la acción de respirar y exhalar, llenándose de agua y fue una sensación espantosa, dolorosa y desesperada a medida que seguía cayendo a un enorme vacío, oscuro y frío.

Entonces la muerte se apiadó de ella liberándola de su agudo martirio.

Porque había muerto, estaba segura, entonces, ¿por qué recobró la conciencia?

Estaba oscuro y también continuaba bajo el agua, pero ya no estaba ahogándose, tampoco le dolía nada ni había esa desesperación por conseguir aire para respirar, porque estaba respirando.

¿Qué era todo aquello? ¿Una pesadilla? ¿Estaba todavía en el crucero y solo había soñado que naufragaban y se ahogaba?

Pero no, porque podía sentir bajo su espalda el fondo, pues estaba acostada sobre la suave arena que tanteó con sus manos cuando las movió para explorar en esa oscuridad que la rodeaba, sin embargo, no sintió frío, ni miedo. Tanto la frialdad como el terror anterior se habían esfumado y ahora lo que sentía era una irrefrenable curiosidad que la hizo sentarse y al hacerlo, sintió hondear sus largos cabellos en el agua, los que se movieron de manera rítmica, subiendo y bajando, acariciando su rostro y cuello si movía la cabeza de cierta manera.

Se movió en el agua y comenzó a flotar. Flexionó las piernas, pero las notó extrañas, muy ligeras y el movimiento no fue de dos, sino de una sola, así que se llevó las manos abajo tocando primero la falda del vestido que se levantaba al antojo de una ligera corriente submarina, entonces sintió que el vestido le estorbaba y se lo quitó, notando con la acción que también sus manos se sentían extrañas, así que cuando se hubo despojado de la prenda de vestir, se las tocó, una contra la otra y fue ahí cuando un repentino temor la sobrecogió.

Sus manos no eran sus manos, o sí, porque ella las tenía, pero sus dedos ya no estaban separados, sino que una delgada, pero resistente piel se había incorporado entre estos comunicándolos entre sí. Lanzó un “¡Oh!” de sorpresa, luego volvió su atención a las piernas descubriendo que ya no era un par, sino una y al ir tocando hacia abajo, encontró con que terminaba en una gruesa, pero liviana cola, como la de un pez... o de ballena, algo parecido.

El tremendo descubrimiento fue demasiado. Gritó ahora sí impactada por el miedo y se movió con frenesí deseando despertar, pero en vez de eso, su grito sonó a sus oídos muy fino, diferente a cualquier sonido humano que conociera y entonces algo relumbró en la oscuridad. Su mirada captó aquellas luces descubriendo que eran una especie de peces formando un pequeño grupo y parecían llamarla con unas largas antenas que brotaban por encima de sus cabezas, así que sometiendo el temor, se acercó a las lumbreras acuáticas, pero éstas se alejaron, por lo que no tuvo más remedio que seguirlas dándose cuenta que nadaba rápido, que su única extremidad inferior convertida en esa larga cola, se movía ligera, impulsándola con agilidad por el agua y a medida que seguía a los peces, su mirada fue captando una ligera claridad proveniente de la superficie.

Poco a poco su visión cobró la nitidez cuando llegó a una zona bien iluminada por la luz solar que era tan poderosa como para penetrar cientos de metros en el interior del vasto mar y mientras nadaba, descubrió un colorido y maravilloso mundo de corales que se extendía por centenas de kilómetros, habitado por criaturas extraordinarias: peces de todos tamaños, especies y colores, mantarrayas, delfines, medusas, ballenas, gusanos de mar, moluscos, langostas, cangrejos, entre los que ella pudo reconocer, pero había un tipo de fauna desconocido, que jamás había visto, como esos peces que la guiaban y que habían dejado de brillar cuando los tocó la luz.

Se detuvo estupefacta, muriendo el miedo que la había atenazado cuando se miró así misma por completo alucinada, o eso pensó, que alucinaba, porque el fenómeno que había sucedido con ella era irreal, fantasioso, imposible... mágico.

Se miró admirada la extremidad inferior, una sola que nacía desde su cintura y que culminaba en una hermosa aleta que tenía la forma de corazón, tomando el lugar que le correspondía a los pies y notó que era de un rojo intenso, como su cabello y a lo largo había finas líneas de otros colores, azul, morado y verde, y la combinación lucía hermosa.

“¿Cómo es posible?”, se preguntó sin comprender.

Entonces volvió a sentir el llamado de aquellos peces con antenas que eran de vistosos colores también, por lo que la urgió la necesidad de continuar siguiéndolos, así que eso hizo. Se dejó guiar mientras la sensación de estupor se convirtió en una de placer, pues disfrutó el nado, el poder desplazarse de esa manera en el fondo del mar, sin ahogarse y sin miedo, emocionándose al percatarse que era una con el mar y su comunidad.

“Como pez en el agua”, pensó y ante el pensamiento, sonrió, porque eso era ella, una especie de pez...

Una sirena, mejor dicho.

Una criatura mitológica que no era única, pues al llegar al lugar al que los peces la llevaban, descubrió una enorme ciudad construida con los corales más bellos y ahí estaban los demás. Sirenas y Tritones que parecían estarla esperando y fue entonces que lo supo, porque así como ella, estaban llegando otros que reconoció del mismo naufragio.

Todos los recién llegados se habían hundido junto con el barco, pero ahí estaban, formando parte del mar, ese majestuoso y poderoso océano que se había cobrado con sus vidas humanas, pero otorgándoles otra para convertirlos en sus hijos, brindándoles protección y seguridad ahí, en esa ciudad oculta llamada Sirenya, el imperio de las sirenas.

F I N​

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